
Aarhus, Dinamarca.- Las luces se apagan, el volumen aumenta y algo se mueve en el fondo de la pantalla. El corazón se acelera y el espectador quizá se cubre parcialmente el rostro, pero no detiene la película: quiere saber qué ocurrirá. La ciencia lleva años estudiando esta aparente contradicción y la explicación va más allá de una simple búsqueda de adrenalina.
Una de las respuestas se encuentra en el concepto de miedo recreativo, es decir, la experiencia de acercarse de manera voluntaria a una amenaza ficticia dentro de un ambiente que se considera seguro. Esto permite sentir tensión, incertidumbre y sobresaltos sin enfrentar el peligro real que representan las escenas.
El miedo también tiene una “zona justa”
Un estudio publicado en 2020 en la revista Psychological Science, realizado por investigadores de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, analizó las reacciones de 110 visitantes de una casa del terror. Los participantes tenían entre 12 y 57 años.
Durante el recorrido, el equipo midió el pulso de los visitantes y les pidió calificar cuánto miedo sentían y cuánto estaban disfrutando la experiencia en distintos momentos. Los resultados mostraron una curva en forma de “U” invertida: el disfrute crecía junto con el miedo, pero solamente hasta cierto límite.
Cuando la intensidad superaba ese punto, la experiencia dejaba de ser divertida y comenzaba a resultar incómoda. Los investigadores describieron este equilibrio como una “zona justa”: el miedo no debe ser tan leve que produzca aburrimiento ni tan intenso que termine por abrumar.
En las mediciones del ritmo cardiaco, los sobresaltos pequeños e inesperados aparecieron más relacionados con el disfrute, mientras que los aumentos muy grandes y repentinos se asociaron en mayor medida con el miedo. Sin embargo, los propios autores advirtieron que el estudio se desarrolló en una atracción en vivo, no en una sala de cine. Por ello, sus hallazgos no pueden aplicarse de la misma manera a todas las películas o personas.
La curiosidad por lo peligroso
Otra posible explicación es la llamada curiosidad mórbida, entendida como el interés por conocer situaciones peligrosas, inquietantes o amenazantes. Los investigadores Coltan Scrivner y Mathias Clasen han planteado que este impulso podría explicar una parte del atractivo de las historias de terror.
Las películas permiten observar una amenaza, analizar la reacción de los personajes y conocer las consecuencias sin correr un riesgo real. En ese proceso, el suspenso puede ser tan importante como el sobresalto. Una casa abandonada, un ruido sin explicación o una pista incompleta mantienen la atención porque el público quiere descubrir qué sucede, aunque sospeche que la respuesta será desagradable.
La sensación de control también puede ser importante. Quien mira una película sabe que puede pausarla, apagarla o abandonar la sala. Además, cuando terminan los créditos y se encienden las luces, la amenaza permanece dentro de la ficción.
¿El terror ayuda a manejar el estrés?
Durante la pandemia de COVID-19, Scrivner y su equipo encuestaron a 310 adultos. Los aficionados al terror y a géneros relacionados con catástrofes, incluidas las películas de zombis, reportaron menos angustia psicológica durante la crisis que quienes no consumían esas historias.
Una posible explicación es que estas personas habían “practicado” la regulación de sus emociones mediante situaciones ficticias. No obstante, el resultado muestra una asociación y no demuestra que ver terror vuelva a alguien más resistente. También podría ocurrir que las personas que ya manejan mejor el estrés sean quienes más disfrutan estas producciones. El propio investigador señaló que el estudio no estableció el mecanismo detrás de la relación.
Una revisión científica publicada en 2019 en Frontiers in Psychology, encabezada por G. Neil Martin, encontró que la búsqueda de sensaciones intensas se relaciona en algunos estudios con un mayor gusto por el terror, aunque no de manera consistente. También pueden influir la ansiedad, la sensibilidad al asco, la empatía y las experiencias personales.
Por ello, evitar el género no significa tener menos valentía. Para algunas personas, la tensión es emocionante; para otras, rebasa rápidamente lo agradable. Tampoco todo el terror produce la misma reacción: un relato sobrenatural, un thriller psicológico y una película con violencia explícita ofrecen experiencias diferentes.
La recomendación es respetar los propios límites, elegir el subgénero más tolerable y detener la película si provoca angustia persistente o insomnio. El atractivo del terror radica, en buena medida, en acercarse a lo desconocido sin tener que enfrentarlo realmente.



