La Habana, Cuba.– Las largas filas de pánico en gasolineras han regresado a la capital cubana luego del freno en el suministro de petróleo venezolano, principal respaldo energético de la isla en los últimos años. Bajo el sol, en motos y automóviles, decenas de personas esperan durante horas para intentar conseguir combustible, aun sin certeza de abasto, impulsadas por el temor a quedarse sin nada.
La interrupción del flujo desde Caracas, ocurrida tras la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, abrió un nuevo frente de tensión en un país donde la energía impacta directamente en el transporte, los alimentos y la economía cotidiana. La situación fue documentada este viernes por la agencia EFE en distintas estaciones de servicio de La Habana.
El freno al petróleo venezolano, que en 2025 cubrió cerca del 30% de las necesidades energéticas de Cuba, reactivó la escasez de combustible y provocó compras de pánico, sobre todo en gasolineras que venden en dólares. A diferencia de crisis anteriores, muchos ciudadanos acuden no porque haya certeza de suministro, sino por miedo a un desabasto prolongado.
Sentado en su moto, en una fila que apenas avanza, Jesús Méndez, de 66 años, resume la situación: las colas, que aparecen y desaparecen según se agudizan las crisis, volvieron a ocupar calles y avenidas. Yanely, de 46 años, con más de una hora esperando, explica que ya no se trata solo de aguardar a que llegue un camión cisterna. “Lo de ahora son filas de pánico ante la incertidumbre”, señala. Frente a una estación cercana al Malecón añade: “La gente toma prevención si va a ocurrir algo. Entonces, viene a abastecerse, a llenar por temor”.
Las estimaciones citadas por EFE indican que el petróleo venezolano cubrió en 2025 alrededor del 30% de las necesidades energéticas de Cuba. Su desaparición deja un vacío que el Estado cubano no puede cubrir con facilidad, principalmente por la falta de divisas para importar combustible de otros mercados.
Para muchos ciudadanos, el escenario se volvió más claro a inicios de enero. Ramón García, jubilado de 70 años, cuenta que al ver el operativo militar estadounidense en Venezuela el 3 de enero decidió adelantarse: “A mí me quedaba un poquitico en la casa y vine a eso, porque no sé lo qué pueda pasar mañana”.
A la escasez se suma un factor que profundiza la desigualdad. En su recorrido por La Habana, EFE observó que las gasolineras en dólares presentan largas filas, mientras que muchas estaciones que cobran en pesos cubanos están vacías y sin combustible, con conos naranjas bloqueando los surtidores. El gobierno dolarizó parte de los servicentros el año pasado, como parte de su estrategia para compensar la caída del turismo y las remesas, y ahora ha priorizado su abastecimiento.
Carlos, de 76 años, esperaba desde hacía cuatro horas. Para poder cargar, consiguió dólares en el mercado informal, cansado de los tiempos de espera de Ticket, la aplicación estatal para gestionar turnos, que en La Habana puede tardar hasta dos meses. “En moneda nacional no han surtido más, entonces hay que comprar en divisa (…) Usted bien sabe que aquí no gana nadie en dólares. Hay que seguir luchando, no queda de otra”, relató.
El impacto económico podría ser severo. Un estudio entregado la semana pasada a EFE por el economista Miguel Alejandro Hayes estima que el fin de los envíos venezolanos podría provocar una caída del 27 % del PIB, un aumento de 60 % en los alimentos y un incremento de 75 % en el transporte. Estas proyecciones colocan el problema energético como un detonante directo de presión inflacionaria y deterioro del nivel de vida.
Jesús Méndez, aún esperando su turno, resume el ánimo general: “¿Qué vamos a hacer? ¿De dónde vamos a sacar gasolina?”. La crisis del combustible no se limita al transporte; también impacta la distribución de alimentos, la movilidad laboral, los costos de vida y los servicios básicos.
El regreso de las colas y la prioridad a estaciones en dólares anticipan mayores tensiones económicas, especialmente para quienes dependen del mercado en pesos, mientras Cuba enfrenta de nuevo el fantasma de una escasez prolongada de energía.


