El discurso oficial cubano se atrinchera y revive la retórica de guerra ante un país agotado
La Habana, Cuba. El discurso oficial del régimen cubano ha retomado una narrativa de confrontación y alerta militar, apelando nuevamente a la retórica de la “guerra de todo el pueblo”, en un contexto marcado por tensiones internacionales y una profunda crisis interna que ha dejado a la ciudadanía en un evidente estado de cansancio y descontento.
Tras la reciente captura del gobernante venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, el gobierno de Miguel Díaz-Canel ha intensificado los llamados a la defensa de la patria y a la movilización militar, promoviendo un clima de “alerta máxima” en centros de trabajo, escuelas y actos públicos. Sin embargo, esta postura oficial contrasta con la realidad cotidiana que enfrentan los cubanos.
Lejos de discutir una hipotética invasión extranjera, la población se encuentra inmersa en problemas urgentes como los apagones, la escasez de alimentos, la falta de agua y combustible, así como el deterioro de los servicios básicos. Para amplios sectores sociales, la discusión no gira en torno a la soberanía abstracta, sino a la supervivencia diaria.
Durante el fin de semana, el Consejo de Defensa Nacional informó que se revisaban los “planes y medidas del paso al Estado de Guerra”, lo que marca un nuevo endurecimiento del lenguaje político en uno de los momentos más frágiles para la Isla en años recientes. Este giro se da en medio de la pérdida del suministro petrolero venezolano, los cambios políticos en Caracas y la creciente presión ejercida desde Washington.
A estos factores externos se suma un malestar popular creciente y una crisis económica que ha erosionado la credibilidad del modelo vigente. La narrativa del asedio permanente, utilizada durante décadas como justificación de las carencias, ha perdido eficacia frente a una ciudadanía exhausta por sacrificios prolongados y promesas incumplidas.
Para muchos cubanos, el verdadero combate cotidiano no es contra un enemigo extranjero, sino contra un sistema que no logra garantizar condiciones mínimas de vida. En ese contexto, la soberanía más urgente para la población es la de vivir con dignidad, acceder a servicios básicos y poder permanecer en su país sin miedo ni precariedad.



