Tampico, México.–
El 2 de enero de 1927 quedó marcado como una de las fechas más trágicas en la historia de la seguridad pública en México. Aquella madrugada, un motín con intento de fuga en el entonces Penal de Andonegui desencadenó una violenta confrontación que cobró la vida de varios elementos policiales en Tampico, una ciudad que vivía el auge petrolero y portuario, pero que mantenía instituciones frágiles y escaso respaldo para quienes garantizaban el orden.
La revuelta fue sofocada por la fuerza pública tras horas de tensión. Los reclusos lograron hacerse de armas y atacaron a los gendarmes encargados de la custodia. Aunque el saldo exacto de víctimas nunca quedó plenamente documentado, el episodio dejó una huella profunda: policías muertos en cumplimiento del deber y familias abandonadas a su suerte, sin pensiones, seguros ni indemnizaciones.
Sacrificio sin derechos ni protección
En ese México de principios del siglo XX, los policías eran vistos como fuerza de choque, no como trabajadores con derechos. La muerte en servicio no implicaba reconocimiento institucional ni apoyo a viudas u huérfanos. El Estado carecía de mecanismos para responder por quienes arriesgaban la vida diariamente, y el heroísmo no estaba acompañado de seguridad social.
El cronista adjunto de la ciudad, Francisco Ramos Alcocer, ha señalado que la masacre del Penal de Andonegui evidenció “la peligrosidad del trabajo policial y la valentía de quienes, día a día, protegen a la ciudadanía”, pero también la omisión histórica del poder público para dignificar esa labor.
El sobreviviente que impulsó la memoria
De aquel episodio surgió una figura clave: Manuel Vázquez García, identificado como el gendarme número 12 y habilitado como celador. Sobreviviente del motín, quedó profundamente marcado por la pérdida de sus compañeros. Lejos de permitir que el sacrificio se diluyera en el olvido, emprendió una cruzada personal para dignificar la labor policial y concientizar a la sociedad sobre el riesgo que implica.
Durante décadas, Vázquez García enfrentó una opinión pública adversa y una cultura institucional renuente al reconocimiento. Defendió la figura del policía como servidor público que protege a la población, auxilia en emergencias y cumple jornadas extenuantes, muchas veces en condiciones adversas y lejos de su familia. Su activismo se sostuvo hasta su fallecimiento en 1987.
El nacimiento del Día del Policía
Como respuesta tardía a aquella omisión histórica, el 2 de enero comenzó a conmemorarse en Tampico como una fecha ligada al sacrificio policial. No nació como celebración, sino como un acto de reparación simbólica y memoria. Con el tiempo, la iniciativa local se expandió a otras entidades del país y terminó por consolidarse como el Día del Policía en México, rebasando incluso fronteras.
La conmemoración recuerda no solo a los caídos de 1927, sino a todos los elementos que han perdido la vida en cumplimiento del deber, y subraya una deuda persistente: la necesidad de garantizar condiciones laborales dignas, respaldo institucional y protección efectiva para quienes integran las corporaciones de seguridad.
Un legado que aún interpela al presente
Casi un siglo después, la masacre de Tampico sigue interpelando al Estado mexicano. Si bien se han registrado avances en prestaciones y marcos legales, persisten brechas en profesionalización, equipamiento y garantías para policías municipales y estatales. El recuerdo del Penal de Andonegui no es solo un capítulo histórico: es un llamado a que el reconocimiento simbólico se traduzca en políticas públicas sostenidas que honren, con hechos, el sacrificio de quienes protegen a la sociedad.



