La pobreza afecta al cerebro de los niños

La pobreza afecta al cerebro de los niños

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Estudios de todo el mundo –realizados en Kenia, Brasil, Filipinas, Jamaica, Zimbabue…– sugieren que existe una conexión entre un crecimiento deficiente en los niños que viven en zonas pobres –provocado sobre todo por la malnutrición– y peores resultados tanto en pruebas cognitivas como en los resultados escolares. El más reciente de ellos tiene lugar en Bangladés, donde en torno a un 40% de los pequeños presentan un retraso en su crecimiento.

Estas investigaciones beben de otra previa, realizada en la década de los 60 en Guatemala. Allí, un equipo de científicos distribuyó un suplemento nutricional a pequeños procedentes de familias de zonas rurales porque tenían la teoría de que suministrarles proteína en sus tres primeros años de vida mejoraría sus opciones de crecimiento.

Y así fue: crecieron entre uno y dos centímetros más que aquellos otros niños que habían formado parte del grupo de control. Pero es más: los que recibieron esos suplementos adicionales también obtuvieron mejores puntuaciones en las pruebas de lectura y conocimiento que se les hizo después, ya de adolescentes; y cuando los investigadores regresaron al lugar en los años 2000, aquellas niñas –que ya eran mujeres– habían acumulado más años de escolaridad y aquellos niños –que ya eran hombres– tenían más ingresos económicos en el ejercicio de sus oficios.

Según todos estos estudios, un retraso en el crecimiento era signo de una dieta pobre y episodios regulares de enfermedades diarreicas en edades tempranas y podría predecir posteriores déficits intelectuales.

¿Pero puede atribuírsele toda la culpa a la mala alimentación? Existen estudios, como uno llevado a cabo en el año 2000 en orfanatos de Rumanía, que sugieren que el desarrollo del cerebro en los bebés –que en el caso rumano estaban bien alimentados pero se pasaban el día acostados en su cuna, mirando al techo y sin interactuar con nadie– también podría verse afectado por la falta de estímulos sociales y emocionales, ya que esta circunstancia acarrearía problemas cognitivos a largo plazo.

Un estudio innovador en Bangladés

No es ese el caso de los niños de Daca, en Bangladés, que viven rodeados de amplias familias, pero con la losa de la malnutrición y un entorno en el que la falta de higiene es patente. La investigadora Shahria Hafiz Kakon, que forma parte del Centro Internacional de Investigación de las Enfermedades Diarreicas de Daca, está al frente de un innovador estudio en los barrios más desfavorecidos de dicha localidad para estudiar cómo podrían influir esos factores negativos en el desarrollo cerebral. Para sacar sus conclusiones, y en colaboración con otros colegas, como el neurocientífico pediátrico Charles Nelson, está realizando y analizando imágenes cerebrales de niños afectados por ese problema de crecimiento.

El estudio –financiado por la Fundación Bill y Melinda Gates, con base en Seattle (EE. UU.)– es uno de los primeros en estudiar cómo los cerebros de bebés y niños de países en vías de desarrollo responden ante la adversidad, y espera proporcionar información importante sobre su crecimiento y su rendimiento cognitivo.

Para ello, han llevado a cabo pruebas de resonancia magnética (MRI) en doce bebés de dos a tres meses de edad con un déficit en su crecimiento y, al igual que sucede con los huérfanos rumanos o los niños que crecen pobres en los países desarrollados, identificaron un volumen de materia gris menor que en el grupo de control utilizado para el estudio. Además, los científicos asociaron tener menos materia gris con una peor puntuación en las pruebas de lenguaje y memoria visual a los seis meses de edad.

Asimismo, sometieron a unos 130 niños de 36 meses a pruebas de espectroscopía funcional del Infrarrojo Cercano (fNIRs) y detectaron patrones distintos en la actividad cerebral en aquellos que sufrían un retraso en el crecimiento y otras adversidades.

Las adversidades dejan marca

Por otra parte, los electroencefalogramas (EEG) llevados a cabo revelaron una mayor actividad eléctrica entre los niños de Daca con un retraso del crecimiento –para sorpresa de los investigadores, porque normalmente, en otros estudios con huérfanos y niños pobres de otras partes del mundo, dicha actividad era moderada–.

El equipo de Nelson cree que las diferencias podrían residir en los distintos tipos de adversidades a los que estos pequeños de Bangladés se enfrentan cada día: como la inseguridad alimenticia, las infecciones por patógenos intestinales y las madres con altas tasas de depresión.

Detectar cuáles de estas adversidades son las que más influyen en las diferencias que han apreciado en la actividad cerebral entre los niños de Daca es muy importante, porque hacerles frente podría ser tan importante para el buen desarrollo cognitivo de los pequeños como asegurarse de que estos tengan una buena nutrición. Los investigadores esperan poder seguir sacando conclusiones importantes de este estudio con el seguimiento de los pequeños que están participando en él.

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